El agro argentino: entre la prosperidad y el monocultivo

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1 - Los cambios en el agro argentino en los noventa

A - Cambios en los complejos agroindustriales
Las transformaciones que se han dado en el agro en la década de los noventa tienen sin duda mucho que ver con los cambios que a inicios de la década pasada se dieron en torno a la desregulación de los diversos mercados.
El decreto número 2248 de desregulación de 1991 estableció los nuevos mecanismos de interacción al interior de los complejos agroindustriales. Mediante este decreto se disolvieron o desarticularon los principales organismos del Estado de orientación, supervisión o control de las distintas actividades agroindustriales. Se disolvió la Junta Nacional de Granos, la Junta Nacional de Carnes, la Comisión Reguladora de Yerba Mate, la Dirección Nacional del Azúcar, el Instituto Nacional de Vitivinicultura y otros organismos de regulación de los productos regionales. Con la eliminación de estos entes, se eliminaron también las políticas regulatorias de fijación de cupos de producción, precios mínimos y otras medidas semejantes como el laudo estatal en el complejo lácteo. Todas estas medidas de desregulación del comercio y la producción interna de los productos agropecuarios transformó a este sector en uno de los más desregulados y abiertos del mundo.
Dada la persistente conformación y profundización de los complejos agroindustriales desde varias décadas atrás, las medidas desregulatorias incidieron en la estrecha relación del sector agrario con el industrial y con el de la distribución final de alimentos. En este sentido, dadas las asimetrías existentes al interior de cada complejo agroindustrial, la desregulación fue propicia para generar cambios en los precios relativos de la cadena productiva, con un deterioro de la participación del productor agrario en el precio final al consumidor. Diversos estudios señalan para los noventa el aumento en la brecha entre el precio pagado al productor y el precio final del producto.[3] Un caso paradigmático de esta situación y que presentaremos más adelante es el complejo lácteo (en particular productos como la leche o quesos) donde la industria y la distribución final acaparó porciones cada vez mayores del precio al consumidor.
Este contexto a su vez facilitó los profundos cambios en la industrialización de los productos agropecuarios, con una fuerte concentración y extranjerización de la industria alimentaria. La llegada de numerosas transnacionales al país (Nabisco, Danone, Parmalat, entre muchas otras), así como la mayor incidencia de aquellas que ya estaban radicadas en el país son pruebas de ello. La extranjerización de la industria alimentaria podría implicar a su vez un cambio en la orientación de ésta, tradicionalmente volcada al mercado interno. [4]
Con el auge del supermercadismo se dio también un proceso de concentración, centralización y extranjerización de la distribución final. Este proceso cambió sustancialmente el núcleo de cada complejo, que se desplazó en muchos casos de la industria procesadora a la distribución (si bien en algunos casos se desplazó a la etapa de los insumos agropecuarios). La instauración de los supermercados como núcleos de los complejos implicó unos mayores márgenes de comercialización y en definitiva una menor participación de lo recibido por el productor agropecuario en el precio final de venta.
Todas estas transformaciones incidieron en una mayor integración vertical, ya sea por el mecanismo directo de la integración por propiedad, o los mecanismos más indirectos de integración por contrato o negociación temporal (véase al respecto Teubal, 1995).

B - Cambios específicos en el agro
En la década de los noventa el sector agropecuario incrementó la producción física a una tasa relativamente importante, producto en gran medida del cambio tecnológico que se dio en el mismo. Este crecimiento, si bien no puede ser catalogado de extraordinario asume valores significativos para el conjunto de la economía. Debemos señalar, sin embargo, que el crecimiento se ha dado principalmente en la producción agrícola que aumentó sostenidamente mientras que el sector pecuario se ha mostrado mucho más estancado. También es necesario observar las diferencias existentes en el desempeño de las producciones pampeanas de las no pampeanas, (que han corrido diversa suerte) a la vez que las diferencias en la evolución de la producción entre los distintos cultivos.
La existencia de una moneda local crecientemente sobrevaluada, modificó la relación de precios entre insumos y productos tornando barata la importación de insumos y maquinarias en comparación con otros gastos a realizar.
Esta variación facilitó la incorporación de cambios tecnológicos que pueden observarse en un aumento de las cantidades de fertilizantes y agroquímicos utilizados, así como en la venta de tractores y otras maquinarias agrícolas. Las ventas de insumos, en términos generales, crecen de manera sostenida a inicios de la década del noventa, (máxime teniendo en cuenta los bajos niveles de 1989) hasta 1997 (en algunos casos 1995), cuando la incorporación de nuevos o mayores cantidades de insumos se revierten, y comienza a caer. Es el momento en que se hace sentir fuertemente la crisis de los pequeños y medianos productores, que ante la sobrevaluación del peso y el creciente endeudamiento encuentran dificultades para hacer rentables las explotaciones agropecuarias que manejan. (véase Giberti, 2001).
El único agroquímico que aumenta sus ventas después de 1998 es el glifosato, vinculado directamente a la utilización de la soja transgénica. Como señalamos al principio el cambio tecnológico más relevante de la etapa en estudio fue la incorporación de cultivos transgénicos y asociados a éstos el auge de la siembra directa y el aumento de la utilización de glifosato. Pero eso lo analizaremos en la sección siguiente. [5]
Con respecto a los precios internacionales, los mismos habían crecido al inicio de la década, para comenzar a caer desde mediados de la misma. Esta caída de los precios internacionales se torna aguda en 1999 y agrava aún más la crisis que se vivía en el agro así como en el conjunto de la economía.
Dada la sobrevaluación de la moneda local estos precios internacionales se mostraban en términos locales bastante por debajo de los precios promedios recibidos en los ochenta dada la sobrevaluación de la moneda. Un cálculo de los precios en moneda local, deflacionado por el índice de precios locales al consumidor, señala que los ingresos reales percibidos por tonelada de grano eran en el caso del trigo, un 57,4% menores en la década de los noventa, y un 53,3% menores para el caso de la soja. (Teubal y Rodríguez, 2002: 112)
La fuerte sobrevaluación del peso incidía negativamente sobre los ingresos de los productores rurales. A eso se sumaba, en el caso de los pequeños y medianos un mayor endeudamiento debido a la necesidad de encarar cambios tecnológicos. La existencia de enormes diferenciales de tasas de interés en detrimento de los más pequeños (que llegaban a pagar, en plena convertibilidad y casi sin inflación, tasas por los créditos tomados del 6% mensual) ayudaron a que un número muy importante de éstos abandonara la producción, mientras a otros los acechaba la amenaza directa del embargo de los campos.
Estos sectores pequeños y medianos se vieron rápidamente reducidos en número. Las estadísticas oficiales señalan que entre 1988 y 2002 la cantidad de explotaciones agropecuarias se redujo en un 24,5% pasando de 421 mil explotaciones a 318 mil. Es decir que más de 100.000 explotaciones agropecuarias han dejado de ser tales. (INDEC, 2003). Para el caso de la región pampeana esta disminución es mayor aún, llegando al 30,5%. Estos números generales muestran también que el tamaño promedio de las explotaciones agropecuarias (EAPs) se incrementó un 28%, llegando a las 538 hectáreas para el promedio de la explotación. Estos valores promedio son sustancialmente mayores a los registrados en Estados Unidos, y por supuesto, a los registrados en Europa.
Para ceñirnos a la etapa señalada (es decir hasta 1998) podemos mencionar los datos del Censo Experimental de Pergamino realizado por el INDEC en 1999, que mostró que en ese partido de la Provincia de Buenos Aires la cantidad de EAPs se redujo en un 24,2% en los once años transcurridos entre 1988-1999. La existencia de datos más elaborados en este caso, permiten afirmar que la reducción en la cantidad de explotaciones llega incluso al 44,1% si se consideran las EAPs de entre 5,1 y 10 ha. La disminución en la cantidad de las EAPs de menor tamaño, se da a la par de un incremento de las grandes explotaciones: aquellas de entre 500 y 1000 hectáreas se incrementaron un 18,3% y las de entre 1000 y 2500 hectáreas aumentaron un 38,7%. (INDEC, 2000).
Para la misma etapa una situación similar se dio en diversos sectores. La actividad tambera es un claro ejemplo, ya que la reducción en la cantidad de tambos adquirió un ritmo inaudito. En Córdoba se pasó de 10.102 tambos en 1988 a 7.926 en 1993, o sea una reducción del 21,5% en apenas 5 años. En Santa Fe, se pasó de 15.262 tambos en 1975 a 5.664 en 1992. (Magic, 1998).
En los cultivos regionales la situación fue semejante: en la provincia de Tucumán, entre 1988 y 1996 la cantidad de cañeros se redujo un 25% implicando el retiro de unos 2.500 productores. (Giarracca et al, 1997).

2 - El inicio de la recesión: Cuando los resultados ya no pueden ocultarse
Con la moneda local crecientemente sobrevaluada el cálculo del PBI a precios corrientes y su pasaje a dólares al tipo de cambio vigente, comenzó a separarse abiertamente de sus valores reales. Este fenómeno permitió que desde círculos de propaganda de las políticas aplicadas se sostuviera que el resultado de las mismas estaba siendo en un todo positivas, "evidenciado" en el alto índice de crecimiento del PBI. [6]
Poco importaba para estos círculos que el desempleo y los índices de pobreza e indigencia crecieran a niveles nunca antes vistos desde que se confeccionan esos registros.
Sin embargo, a fines de los noventa la caída del PBI torna evidente lo que era ya claro: La persistente desindustrialización del país no podía tener como correlato sino una caída del nivel de actividad.
Es en este contexto en que la incorporación de soja transgénica comienza a hacerse de una forma mucho más masiva alcanzando niveles de significatividad. Sin embargo debemos señalar que el aumento de la producción de soja y la incorporación de la siembra directa son procesos que se inician con bastante antelación a la recesión de 1998.Dadas sus características tan nítidas y su amplia difusión el cultivo de soja transgénica, constituye un ejemplo a la vez que el núcleo de lo que aquí denominamos patrón agroalimentario de producción y consumo. La incorporación del paquete tecnológico correspondiente a la soja transgénica (semillas transgénicas, herbicidas a base de glifosato, siembra directa) que en pocos años acaparó prácticamente el 100% de la producción de dicho cultivo. Este cambio se debió principalmente a que
permitía un aumento notable en la rentabilidad. La soja genéticamente modificada (GM) no incrementa esencialmente el rinde por hectárea del cultivo con respecto a la variedad tradicional, sino que es ahorradora / eliminadora de mano de obra, ya que transforma por completo y reduce las tareas de desmalezamiento a la vez que se facilitan las tareas de siembra. Diversos relevamientos de los costos en que se incurre en la producción de soja, señalan que la soja GM reduce entre un 28% y un 37% la incorporación de mano de obra en las tareas de siembra en comparación con el cultivo tradicional. Para el caso del maíz GM, esta reducción sería de entre un 33% y un 50%.
La fuerte adopción por parte de los productores aparece no por una mejora en los rindes sino por una reducción en los puestos de trabajo asociados. El aumento de la producción total de soja, se da más por el espectacular incremento de la superficie utilizada para este cultivo, que por un aumento en su rendimiento. La difusión masiva de soja GM trae aparejado por lo tanto una nueva expulsión de trabajadores rurales, que cobra fuerza desde 1998 con el incremento de este cultivo.[7] A esto se suma el hecho de que el cultivo de soja requería ya de mayores extensiones para su cultivo en condiciones óptimas, lo que fue dando una situación desfavorable para los pequeños y medianos productores.
Este fenómeno asociado a la desregulación que hemos señalado en todo el sistema agroalimentario, a la fijación de precios diferenciales según tamaño o cantidad de producción, a la existencia de una fuerte diferenciación de las tasas de interés, etc, son elementos que coadyuvaron a que en la década de los noventa la reducción en la cantidad de pequeños y medianos productores alcanzara ritmos récords en toda la historia del país. Esta tendencia es otra característica del patrón agroalimentario de producción vigente en los noventas.
En diversos círculos se ha sostenido que la utilización de soja GM es un salto tecnológico notable. En realidad, debe diferenciarse aquí la aplicación del desarrollo de una nueva tecnología. El desarrollo de la tecnología transgénica, se encuentra concentrado en no más de cinco grandes transnacionales en todo el mundo, que realizan fabulosas inversiones en I D. La aplicación de dicha tecnología por parte de los productores locales, en general implica un escaso proceso de inversión, cuando no directamente una desinversión: tal es el caso cuando la soja reemplazo a tambos, montes frutales, y otros. En definitiva, la aplicación de una tecnología relativamente barata, en términos de que requiere escasa inversión, es otra de las características del patrón agroalimentario de producción.

3 - Los inicios de la soja en argentina: un poco de historia
A mediados de la década de los setenta EE.UU. tenía un rol central como exportador de productos agropecuarios, compitiendo en terceros países con las exportaciones trigueras provenientes de la Argentina. Pero a su vez, Europa Occidental había desarrollado una política tendiente a alcanzar la autosuficiencia en materia alimentaria, en gran medida con un fuerte contenido político -- militar que comenzaba a dar sus primeros resultados. Hacia fines de los setenta, Europa alcanza dicha autosuficiencia en aquellos productos agrícolas destinados directamente a la alimentación humana. La escasez esencial que continúa teniendo hasta nuestros días, se refiere a la necesidad de alimentos para animales tales como sorgo o soja.
Estos cambios transforman de manera significativa las corrientes del comercio mundial agroalimentario. Comparado con la situación previa a 1930, Europa no importa más cereales ni carnes destinada a la alimentación de su población, sino que solamente importa forrajeras para el consumo de sus animales.
Esta situación del mercado mundial es la que va alentar el desarrollo de la soja en Argentina que comienza a producirse a inicios de la década del setenta, si bien existían distintas experiencias e intentos previos en dicha dirección.
Para analizar la introducción de la soja es necesario remontarnos a los años sesenta, cuando se incorporan en Argentina los primeros maíces híbridos producto de la denominada "revolución verde". Estos híbridos requerían de un mayor cuidado en su producción, y esencialmente se requería estandarizar determinadas prácticas a fin de poder incorporar con éxito el uso de tractores y sembradoras. Si las prácticas en dicho cultivo no eran las apropiadas, la maquinaria usada no rendía en la forma adecuada, y las rentabilidades no eran por lo tanto mayores que las del cultivo tradicional.
Una vez incorporado el maíz híbrido, éste pudo ser complementado con la soja. Es por eso, que la rápida expansión inicial de la soja, responde precisamente a la ya amplia difusión del maíz, y a que se complementara éste con la primera. Por supuesto, como señalamos anteriormente, las condiciones mundiales habían generado una importante demanda por productos como la soja. Estas dos causas, la amplia difusión previa del maíz híbrido y la existencia de una importante demanda mundial, son los factores que van a determinar el rápido crecimiento de la producción de soja, que pronto se transformó en el principal cultivo.
Es necesario señalar también que la difusión del maíz híbrido dio lugar a la generación de una amplia infraestructura, con una importante cantidad de silos y los requerimientos para el manejo de la cosecha a granel. (véase entre otros, Sábato 1981; Reyes 2003)

4 - Rápido hacia el monocultivo
La rápida incorporación de soja GM transformó al principal cultivo de la Argentina en el cultivo absolutamente dominante. Se intensificó su siembra en la región pampeana y se extendió a otras regiones. En poco menos de 5 años la fisonomía tradicional de la producción agraria argentina, con cereales y oleaginosas en la región pampeana y cultivos industriales (azúcar, vid, yerba mate, tabaco, algodón) en las otras regiones, se vio drásticamente modificada. El total de la superficie sembrada con cereales y oleaginosas ascendió a 26,6 millones de hectáreas para el año 2002, lo que representa un aumento respecto al promedio de la década de 1970-1979, de unos 9 millones de hectáreas.[8]
De ese hipotético valor total de 26,6 millones de hectáreas correspondientes al año 2002 la soja acaparó 11,6 millones, representando el 43,8% del total. El aumento de la producción de soja es tan significativo tanto en área sembrada como en la participación total de la producción, que alcanza porcentaje de participación sobre el total de los cultivos nunca antes observados para otros casos. [9]
Debemos señalar aquí que el avance de la soja se produce también sobre otros cultivos, ya que el aumento del área sembrada de la misma no es compensado con el incremento de la superficie destinada a cultivos. Si bien los datos antes presentados son bastante elocuentes, intentaremos señalar el aumento de la concentración del cultivo de soja sobre el total de los cultivos, mediante el índice de Hilferding (IH). [10]
En el gráfico 2 se presenta la evolución de este índice desde 1970 hasta nuestros días. Puede observarse en el mismo que la concentración de los cultivos se ha mantenido entre 1970 y 1998 en niveles prácticamente estables, exceptuando dos años intermedios donde la concentración fue menor. También queda claro en dicho gráfico que esta tendencia estable se quiebra en 1998, para mostrar una nítida dirección hacia la concentración en los cultivos. Precisamente, es en ese año donde el aumento y los cambios generados por la introducción de la soja GM se hacen más notables. La evolución posterior a 1998 muestra a su vez una tendencia sumamente fuerte a la concentración. Argentina está avanzando a pasos agigantados hacia el monocultivo.
El Censo Agropecuario Nacional del 2002 evidencia este avance del cultivo de la soja, si bien los datos disponibles al momento, se refieren al conjunto de las oleaginosas. Según estos datos el cultivo de oleaginosas se incrementó en el Noroeste, el Noreste y la Región Pampeana un 138%, 86% y 60% respectivamente con respecto a la producción existente en 1988. Estos incrementos contrastan con el exiguo 23% de aumento de la superficie implantada con cereales en la Región Pampeana; y con una significativa disminución de la superficie implantada con cultivos industriales en el Norte. Los cultivos industriales son los que constituyeron históricamente el núcleo de las economías regionales: la caña de azúcar en Salta, Jujuy y Tucumán; la yerba mate, el té y el tabaco en el litoral; la vitivinicultura en Mendoza. (Giarracca, 2003)
Pero el fuerte aumento de la producción de soja no sólo desplazó cultivos industriales y bosques nativos, sino también a otras actividades agropecuarias como la tambera en las provincias de Santa Fe y Córdoba, los árboles frutales en la zona ribereña de la región pampeana, así como leguminosas -- lentejas y arvejas- y ganado porcino en la provincia de Buenos Aires.
En la mayoría de esos casos, el abandono de la producción para incorporar soja, implicó una descapitalización, una menor incorporación de mano de obra y generalmente producciones de menor valor agregado. El abandono de estas actividades, está por lo general motivado por una mayor rentabilidad del cultivo de soja, que supera a la rentabilidad de las otras producciones.
En algunos casos la producción de ciertos frutales en la Provincia de Buenos Aires (como el caso de los duraznos) está ligeramente subsidiada por el estado provincial para que no se proceda al desmonte de los frutales y el pasaje a la soja. Sin embargo, los montos involucrados en dicho subsidio son insignificantes, lo que motiva que de todas formas se desmonte.
Los mecanismos vigentes hasta antes de la devaluación, donde no se pagaban ningún tipo de retención a la exportación de los productos agrarios, motivó un rápido pasaje al cultivo que a todas luces es más rentable en el corto plazo, es decir, la soja. Este fenómeno forjó, por ejemplo, que el número de tambos se redujera drásticamente a lo largo de la década de los noventa, y con especial énfasis en los últimos años de la misma, donde la producción láctea incluso cayó en picada. La menor rentabilidad del tambo frente a la soja y la carencia de mecanismos de transferencia dieron lugar masivamente a este cambio. (Véase Gutman 1999 y Rodríguez, 2002).
Pero estas particularidades no solamente alcanzan al caso de los tambos, los frutales, etc, sino que una situación en última instancia semejante, se presenta en el caso del trigo. Con respecto a este cultivo, la calidad del trigo argentino ha ido cayendo en comparación con los trigos de otros países, resultando en la actualidad una calidad entre mediana y mala; cuando históricamente era óptima. El principal comprador, Brasil, se ha quejado incluso de la calidad del trigo exportado desde aquí, y ha realizado diversas compras a otros países a causa de ello. La causa fundamental del deterioro de la calidad en relación a los parámetros mundiales es la falta de clasificación y diferenciación de los trigos, tal como se hace en otros países productores. La carencia de esta diferenciación de los trigos se originaría en la ausencia de las inversiones requeridas en sistemas de acopio y traslado diferenciados. Nuevamente, dichas inversiones no serían rentables en comparación con el aumento del cultivo de soja y muy probablemente, debido a la alta renta diferencial que aún sin inversiones puede obtenerse. [11]

5 - De nuevo los saqueos
El drástico corte del flujo de préstamos del exterior a la Argentina derivó en la inviabilidad del sostenimiento de la paridad 1 a 1. La fuga al exterior de numerosos capitales, hicieron caer las reservas de dólares del Banco Central. El aumento de impuestos, la reducción de salarios nominales y reales de la actividad pública, fueron medidas que se intentaron para reducir el déficit fiscal, sin los resultados esperados. En ese marco, se instaura el denominado "corralito" bancario, consistente en la imposibilidad de extraer más de determinada cantidad de pesos de las cuentas bancarias. Se buscaba sobre todo, evitar que los fondos depositados en las cuentas bancarias se destinaran a comprar dólares y/o fugarlos del país, operaciones que, a esa altura, ya habían realizado la mayoría de los grandes tenedores de dinero.
La retención del efectivo en las cuentas bancarias generó un agravamiento de la precaria situación de los sectores de menores ingresos crecientemente informalizados en la década del 90`, al cortar drásticamente la circulación del mismo. La caída de ingresos reales de amplios sectores de la población durante la década de los noventa y principalmente en su segunda mitad, fue deteriorando las posibilidades de acceso a una alimentación adecuada de estos sectores.
Sobre esta situación, se agregarían las restricciones bancarias, que generaron una drástica merma del circulante, y con ello una caída en los ingresos de una numerosa porción de la población, que percibía sus ingresos por los diversos mecanismos informales implementados a lo largo de todos los años noventa. Los saqueos a supermercados y almacenes en casi todo el país no tardaron en producirse, evidenciando la terrible situación alimentaria de grandes sectores sociales.
A diferencia de los saqueos de 1989 motivados esencialmente por una pérdida de poder adquisitivo debida a la inflación, la caída en el poder adquisitivo durante el 2001 tuvo bases más estructurales, al originarse en la caída de los salarios reales, aumento de la desocupación y la anterior eliminación de planes alimentarios. Debe entenderse que, si bien el detonante de los saqueos fueron los efectos del mencionado "corralito", la precariedad del acceso a la alimentación de grandes sectores sociales es un fenómeno que se había ido profundizando a lo largo de toda la década de los noventa, y que se profundiza aún más después de diciembre de 2001. Si la caída de los ingresos reales en comparación con un índice de precios general fue drástica, mayor lo fue con respecto a la mayoría de los alimentos básicos, ya que estos evolucionaron por encima del nivel medio de precios.
En efecto, la caída de ingresos en relación al precio de la leche al consumidor, por ejemplo, muestra una tendencia notable para los estratos de menores ingresos. El gráfico 3 presenta esta situación para el decil de menores ingresos (primer decil), que es relativamente semejante a los otros deciles de menores ingresos no presentados aquí. El caso del decil de mayores ingresos (décimo decil) es bastante diferente ya que la relación entre ingresos y precio de la leche se mantiene en forma más estable, aún en momentos de recesión.
Este aumento del precio de la leche (que es semejante al del conjunto de los lácteos e incluso de otros alimentos básicos) está motivado en diversos factores entre los que debemos señalar: a) el incremento de los márgenes entre el precio pagado al productor tambero y al consumidor, y b) la mayor rentabilidad de la soja GM sin que existan mecanismos de transferencias de ingresos, que empuja a una reducción en la cantidad de tambos y a un aumento del precio de la leche para mantener cierta rentabilidad.
Con respecto al primer punto, el auge del supermercadismo y la concentración industrial generó que una mayor proporción del precio final de venta quedaran en la distribución y en la industrialización, aumentando los márgenes al interior del complejo lácteo. Esto implicó aumentos reales del precio de la leche, aún en momentos en que los tamberos percibían menores ingresos. El gráfico 4 evidencia esta situación de aumento de los márgenes industriales y de la comercialización, que empujaron hacia arriba el precio de la leche al consumidor. Sobre esta evolución incidió la ya mencionada concentración y centralización industrial y de la distribución final, que en este caso tomó la forma de extranjerización creciente del complejo.
Aquellos acérrimos defensores del monocultivo de la soja, han planteado que los saqueos del 2001 tienen poco o nada que ver con los cambios que se dieron en el agro y se vienen desarrollando desde hace casi tres décadas, e incluso llegan a plantear que el monocultivo de soja podría aliviar la situación de estos sectores indigentes. Poco tiempo después de los saqueos en medio de una parafernalia propagandística y una escasa actividad real, sostuvieron que la forma de ayudar era entregar en forma gratuita soja GM a los comedores comunitarios y demás emprendimientos que brotaron necesariamente como respuesta frente a la situación que se vivía. Los promotores de la soja, nucleados en AAPRESID, promovieron ante la crisis alimentaria una especia de acción "solidaria" de donación de soja transgénica. Como era lógico esperar, los promotores del monocultivo promovían ahora el monoconsumo.
Pero la propuesta encerraba en sí misma una contradicción argumental: por un lado, se sostenía que el monocultivo de soja "nada tenía que ver" con los saqueos; por otro lado, se sostenía que la soja podía solucionar el problema que había dado lugar a los mismos. Este segundo argumento denota que la producción agropecuaria argentina sí había tenido que ver, históricamente, con el efectivo acceso a una alimentación adecuada de vastos sectores sociales. Lo que queda claro, pues, es que el patrón agroalimentario de producción, descrito más arriba, incide en forma directa en las posibilidades de acceso a una alimentación adecuada de la población.
En este sentido, algunas de las características de este patrón agroalimentario tal cono el aumento de la soja contribuyó a generar una producción agraria cuyo único destino es la exportación (a diferencia de la tradicional producción de carnes y trigo) a la vez que apoyó un incremento en términos relativos los precios de los alimentos básicos como lácteos y carnes. La tendencia hacia el monocultivo fue en este sentido un agravante más que pesó a la hora de desencadenar la crisis alimentaria de fines del 2001. Esa situación, a su vez, lejos de solucionarse, permanece latente ante la distribución de un ingreso que en términos reales es cada vez menor, y que se agrava con la tendencia de los alimentos básicos a aumentar más que el promedio general.
Pero los defensores del monocultivo llegan incluso a criticar a los diversos sectores que se "habían acostumbrado demasiado" a los lácteos y las carnes, y se negaban por lo tanto a sustituirlos por la soja.
Parecía que la culpabilidad estaba invertida, y radicaba en unos consumidores que elegían no comer soja, cuando ésta resultaba barata y se negaban a dejar de lado el consumo de carne y otros productos variados.
Más allá de los discursos y las construcciones lingüísticas, lo cierto es que en este período el consumo tanto de lácteos como de carnes disminuyó considerablemente ubicándose el segundo en los menores niveles per cápita de los últimos 100 años.

6 - La devaluación
El gobierno surgido una semana después de los sucesos del 19 y 20 de diciembre que terminaron con el mandato del presidente De la Rúa plasmó una devaluación del peso sin ninguna medida de retención a las exportaciones, lo que hizo variar enormemente la relación de precios entre la venta en el mercado interno y la exportación. Pronto se generó una espiral inflacionaria acumulándose en los primeros meses una inflación del 40%.
El altísimo nivel de desempleo actuó como mecanismo perfecto para fijar los ingresos salariales nominales, generando una caída drástica de ingresos reales de la enorme mayoría de la población. Si bien los salarios estuvieron en niveles Los salarios se ubicaron entonces en niveles muy por debajo de su valor. Este nivel ínfimo de salarios es una fuente adicional de ganancias extraordinarias, que se aseguraron el conjunto de los capitales luego de la crisis del 2001.
Tras el rápido abandono del intento de fijar la paridad peso -- dólar en 1,40 se llegó a una situación de flotación libre del dólar. Poco tiempo después se impusieron las retenciones a las exportaciones, pero la caída en los ingresos reales incluso continuó.
La caída de los ingresos reales no hizo sino empeorar la situación alimentaria de la población. Solamente con la amplia difusión de los Planes trabajar / Jefas y Jefes de hogares, esa situación pudo ser en parte modificada. De todas formas, allí donde dichos planes no llegaban, la realidad hacía eclosión. Si bien no fueron mostrados por los medios masivos de difusión como sí lo fueron en diciembre de 2001, y si bien en general no se dieron en la Provincia de Buenos Aires, los saqueos a supermercados, persistieron en el año 2002, como los casos de Tulumaya y de Lavalle, en la provincia de Mendoza en junio de ese año.
Con la devaluación queda en evidencia la verdadera incidencia de las exportaciones de origen agropecuario, y su participación en el PBI. Las cifras son contundentes: las exportaciones alcanzan el 25% del PBI, y más del 60% de éstas corresponden a productos primarios o de origen primario. Esta producción y estas exportaciones se basan en la existencia de una importante renta agraria. El auge de las exportaciones en detrimento de ciertos consumos internos, asimismo, es una muestra de que la devaluación dejó al desnudo el reducido tamaño del mercado interno.
Tras la devaluación las exportaciones agropecuarias en general crecieron, y en particular aumentaron aquellas producciones que se exportaban, pero tenían también un mercado interno. En los cinco primeros meses del 2002, las exportaciones de lácteos aumentaron un 39% en volumen, pero sólo un 11% en valor, debido a la caída de los precios internacionales. Este crecimiento del 39% del volumen de las exportaciones está basado, como ya dijimos, en la distinta situación cambiaria, pero sobre todo, en la profunda recesión del mercado local.
Se evidencia un país con un proceso de más de 25 años de desindustrialización generalizada, y que hoy tiene por industria, principalmente, a aquellas ramas que procesan productos agropecuarios, y que resultan esencialmente viables gracias a la renta diferencial que tienen éstos. El caso de la industria aceitera es paradigmático en este sentido: su principal costo es la materia prima (es decir las semillas) y la incorporación de mano de obra es casi nula: la cantidad de empleados ronda 1 por cada millón de dólares de facturación. Sus posibilidades de exportación radican en las características especialísimas de la producción agropecuaria pampeana.
En un contexto donde toda la producción parece ser la agropecuaria, desde el gobierno se quiere insuflar la ilusión de un país que se industrializa por sustitución de importaciones. Parecen desconocer las consecuencias de los últimos 25 años, el estado real de la industria argentina y el enorme cambio tecnológico que se ha dado en todo el mundo, que volvió obsoletas muchas de las plantas industriales que hoy se sueña con reabrir. Lamentablemente, las posibilidades de constituir una industria nacional con perspectivas de competir internacionalmente, requiere de un proceso mucho más tortuoso y largo, a fin de acortar una brecha tecnológica incrementada en los últimos 25 años.
Para otro sector, ligado a la AAPRESID -- que lleva hoy la voz de los mayores productores agropecuarios, como antes lo hacía la Sociedad Rural -- el aumento de la producción de soja podría empujar el crecimiento del conjunto de la economía. Según ellos, estarían dadas las condiciones para que argentina retome el rol de país agroexportador. La especial fertilidad de la región pampeana, pero ahora extendida, permitirían profundizar el patrón productivo basado en la soja, con un aumento de las exportaciones y de la producción física total. Estos sectores no dejan de anunciar que pronto se producirían en el país más de 100 millones de toneladas de granos, como si el aumento de las cantidades físicas de la producción bastaran para solucionar los grandes problemas de la gran mayoría de la población, y como si éste fuera alcanzable y sostenible aún pese al carácter cada vez más depredatorio de la producción que se está realizando.
Olvidan señalar que el patrón agroalimentario en marcha, llevaría a que aún si se diera dicho aumento en la producción, la tendencia sería a una reducción en la cantidad de trabajadores rurales, a un incremento de los peligros del monocultivo ahora esparcido a todas las provincias, pero, por sobre todo, prácticamente ningún cambio en la situación alimentaria de la gran mayoría de la población, que seguiría sufriendo la caída de sus ingresos, tanto en términos reales como con relación a los alimentos básicos.

A modo de conclusión
La producción agropecuaria regida por una situación de desregulación completa, volcó rápidamente la producción hacia el monocultivo de soja modificada genéticamente y determinó un patrón agroalimentario caracterizado por la producción casi exclusiva para la exportación, con muy escasa incidencia en la generación de empleos. La orientación de la producción, a su vez, contribuyó a un mayor deterioro de las posibilidades de acceso a una alimentación adecuada para la población, retroalimentando tendencias más generales del funcionamiento de la economía.
El aumento de la producción agropecuaria, sin embargo, denota una vez más las características tan especiales de la región pampeana en cuanto a fertilidad que permiten obtener un monto significativo de renta agraria diferencial. Sin duda las posibilidades de crecimiento de la economía local radican en la utilización de dicha renta agraria.
Esta renta en la actualidad es usada en parte para obtener un superávit fiscal primario para pagar intereses de la deuda externa, pero podría ser captada y orientada en otras direcciones.
La definida tendencia hacia el monocultivo que se está presentando en la actualidad, requeriría para ser contrarrestada la instauración de retenciones diferenciales más altas para la soja en sus múltiples formas de exportación (granos, pellets, aceites).Estas mayores retenciones, tendrían también un efecto directo sobre las producciones de alimentos básicos y en general, tales como los mencionados casos de los lácteos, carnes, frutales, legumbres, etc. Frente al monocultivo, se alentaría de esta forma la diversidad productiva, característica histórica de la producción agraria local.
Pero además de ello, la mayor recaudación permitiría orientar dichos recursos con variados destinos: desde la necesaria recuperación de los salarios reales a la orientación y apoyo de la recuperación industrial.
Estas medidas contribuirían en forma mucho más firme a superar los problemas alimentarios de los vastos sectores de la población que hoy se encuentran en la indigencia.

Javier Rodríguez

Bibliografía
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Referencias:
[1] Versión preliminar presentada al III Coloquio de Economistas Políticos de América Latina, Buenos Aires, 15-18 de octubre.
[2] Universidad de Buenos Aires, CONICET. javierlrodriguez@yahoo.com
[3] Véase Teubal (1995 y 1998)
[4] Un estudio detallado del rol jugado por las transnacionales en la industria alimentaria puede encontrarse en Teubal y Rodríguez, 2002.
[5] No desarrollamos en este trabajo, las posibles consecuencias para la salud y ambientales de la difusión de cultivos transgénicos. Al respecto existe un amplia bibliografía, incluyendo Teubal y Rodríguez, 2002.
[6] Por cierto que los cálculos del PBI con Paridad de Poder Adquisitivo no arrojaban exactamente los mismos resultados. Al respecto, véase Maddison 1998 e Iñigo, 1999.
[7] Lamentablemente no hay cifras globales que cuantifiquen esta expulsión de trabajadores, pero los datos a nivel de las EAPs son elocuentes.
[8] Debe tenerse en cuenta, que estos números, en realidad mezclan el aumento de las superficies destinadas a estos cultivos, con la incorporación de cultivos de segunda, que se contabilizan aquí doblemente.
[9] En esta sección, los cálculos están tomados considerando todos los cereales y oleaginosas, pero no así los cultivos industriales ni los frutales. Estos representan una mayor dificultad en su cuantificación, a la vez que sus variaciones no inciden tan significativamente sobre los cálculos aquí presentados, De todas formas, debe aclararse que si se incorporaran estos cultivos, las variaciones en torno a la tendencia al monocultivo sería incluso ligeramente mayores.
[10] Este índice se obtiene mediante la sumatoria de los cuadrados de las participaciones de cada cultivo. Varía entre 0 y 1, aunque lógicamente no en forma lineal. A mayor valor del coeficiente, mayor concentración.
[11] Flichman hace un planteo similar para el período que trata de explicar. (Flichman, 1977)

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