La suma de egoísmos

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Adam Smith, el creador de la Economía Política, creyó que la suma de todos los egoísmos conduciría al bien común. Era el comienzo del apogeo de la Revolución Industrial y uno de los momentos de oro del capitalismo: la frase o la idea -como la de la famosa "mano invisible del mercado" que regularía el bienestar de todos- venía de perillas a los que estaban revolucionando el mundo mediante veloces desarrollos tecnológicos, cambiando todo nuestro estilo de vida y conquistando el mundo. Aun un científico o un ingeniero de principios del siglo XX habría comenzado a creer en la magia al ver una ciudad moderna o visitar un laboratorio de desarrollo.
¿El bienestar de todos? Entonces, ¿Smith tenía razón? Sabemos que no es así: nosotros nos encontramos en los bordes del mundo occidental y somos conscientes de que nuestro bienestar o nuestra miseria depende del precio internacional del petróleo o de la soja o de la nueva moda de los agrocombustibles. Pero una sexta parte de la humanidad vive en el borde, no sólo del mundo occidental -que sólo incluye algunos barrios de nuestras ciudades- sino del mundo mismo, de la inanición, mientras que la distribución de la riqueza es cada vez más desigual. Claro que esto no es nuevo: en la Edad Media, en España el 3% de la población era propietaria del 97% de las tierras y la relación entre los ingresos del 10% más rico y el 10% más pobre era de miles, no de docenas como es ahora. Un progreso, aunque es notorio que actualmente la desigualdad está aumentando, no disminuyendo como proclama la teoría clásica. En todo el mundo, no sólo en los países menos desarrollados. ¿Volveremos a la injusta distribución medieval? Las diferencias en los servicios esenciales ya son notorias: la educación, el servicio médico y el transporte no son los mismos para pobres y ricos y tienden a profundizar la grieta, no a rellenarla.
La esclavitud ha sido formalmente abolida, aunque sigue existiendo en los recovecos del sistema, tanto en las zonas desconocidas del Sahara como en las calles bien conocidas de Buenos Aires. El trabajo infantil es prohibido por todas las naciones, pero sabemos que las alfombras más caras del mundo fueron tejidas por niños encadenados a sus telares. La costumbre de cortar en público las cabezas de los delincuentes, en cambio, ha sido abandonada casi por doquier y ya no se exhibe como espectáculo de masas el increíble tormento de Túpac Amaru. Algo hemos progresado.
Sin embargo yo no quiero limitarme a generalidades: quisiera dedicar esta nota a tres fenómenos recientes que, como ningún otro, ilustran con claridad meridiana el error brutal pero perdonable cometido por Adam Smith, error que lamentablemente y en una peor, brutal e imperdonable insistencia -porque saben que lo que dicen es mentira- sigue siendo reivindicado por los ganadores y presentado públicamente como infalible receta para el bienestar material, si no la felicidad misma, tal vez aquella felicidad que la Constitución de Estados Unidos fue la primera en definir como derecho humano primordial y que está cada vez más lejos de las mayorías.
Los tres ejemplos están en la prensa diaria: son el petróleo, la soja y los agrocombustibles.
El crudo no ha dejado de subir de precio desde hace meses y llega a los 120 dólares; partió de 20 dólares en 1999 y de menos de cinco antes de la primera crisis en los años '70. No es el precio de extracción ni el de refinamiento lo que ha subido: son la guerra y las especulaciones autocumplidoras, más la política de la OPEP. Lo mismo ocurre en nuestro país: se sabe que el precio de explotación ronda los 8 dólares -en particular porque no se ha gastado plata en las exploraciones comprometidas- pero se nos quiere vender nuestro propio petróleo a precios internacionales; de lo contrario es más rentable exportarlo, aunque en pocos años más debamos importarlo a precios internacionales -cosa que, dadas las pocas reservas comprobadas, ha de ocurrir en pocos años más-. Es evidente, además, que el precio del combustible influye decisivamente en los agrícolas, al margen del debate actual acerca de las tasas de rentabilidad y las retenciones al agro.
El segundo caso es el de la soja. Debido sobre todo al surgimiento de China, el precio de esta leguminosa ha subido a niveles tan altos que la combinación soja-trigo con la "siembra directa" se ha transformado en el mejor negocio del agro y millones de hectáreas de campos se han dedicado a este producto, incluso áreas marginales y zonas lecheras. La mayor parte de la producción está en manos de los "pools de siembra" que arriendan campos, ponen la maquinaria (que suele ser de última generación, guiada por GPS y muchas veces -por fortuna- de producción nacional) y los trabajan mientras el dueño solamente cobra su arriendo y puede vivir de la renta de la tierra. La soja es capaz de crecer casi en cualquier parte, aunque sea a rendimientos menores por hectárea. Esto ha conducido a la deforestación de bosques nativos -sobre todo en Salta y Chaco- que llegó hasta el extremo de liberar al desmonte áreas protegidas. También contribuye a la pérdida de la industria láctea y cárnica. La Argentina, que fue el primer exportador de carne del mundo hace cien años, ahora exporta menos carne vacuna que los chilenos, salmones. En Brasil, que es el segundo productor mundial de soja -Argentina es el tercero y Estados Unidos el primero-, la deforestación es aún más dramática. Además de la región amazónica, donde la caña de azúcar se da en profusión -aunque no se sabe por cuántos años- y se emplea el azúcar para hacer alcohol, el otro agrocombustible que se ha puesto de moda.
La soja produce aceite que en algunos casos se obtiene en el país y el residuo es exportado como alimento para ganado. Hasta aquí las cuentas cierran, aunque estamos exportando productos de bajo valor agregado logrados en establecimientos muy mecanizados que ocupan muy poca gente. Entonces entran en escena los agrocombustibles. Ya nos hemos dedicado una vez a este tema polémico. El efecto del uso de biodiésel o alcohol sobre el consumo de petróleo es mínimo y su incidencia en las emisiones de gases de invernadero no es clara, ya que hay que tener en cuenta no sólo el proceso mismo de obtención sino también las toneladas de agroquímicos que es preciso emplear -especialmente el famoso glifosato, que mata todo menos la soja transgénica- y los fertilizantes que la soja necesita porque empobrece el suelo de nutrientes. Al aceite de soja -como del de palma, que contribuye fuertemente a la deforestación de Indonesia y Malasia- se le hace una transformación química llamada "transesterificación" y queda listo para prestar el servicio de combustible de motores diésel. Las instalaciones para hacer esto son relativamente sencillas y baratas y las economías de escala no son muy importantes, de modo que se puede obtener agrodiésel en establecimientos pequeños, lo cual es un negocio redondo para el productor. Pero no para la comunidad. He aquí nuestro título: el egoísmo individual no hace la felicidad de todos sino sólo del egoísta individual.
Las consecuencias de estas decisiones individuales ya se están haciendo sentir en el aumento de los precios de los alimentos en todo el mundo. En Estados Unidos se ha racionado el arroz; en Estados Unidos, no en Corea del Norte. Es mejor negocio sembrar soja o maíz para hacer agrocombustibles que producir alimentos. No se le puede echar en cara al agricultor -grande o pequeño- que quiera maximizar sus ganancias, ya que ésa es la regla central del juego capitalista. Pero la consecuencia no es el bienestar de todos, como afirman los neoliberales, sino un fuerte aumento en los precios de los alimentos, que es tan grave que incluso ya está provocando disturbios en varios países. Hay unos 800 millones de desnutridos en el mundo -todos nos conmovemos al verlos casi a diario en la televisión- pero nosotros quemamos comida en nuestros vehículos de lujo. Es demasiado evidente que el egoísmo de todos no produce el bienestar más que de los ricos -que, para colmo, son eximidos de pagar impuestos en el paraíso del Sr. Bush-. El egoísmo de los hambrientos consiste sólo en querer comer, un ideal al parecer inalcanzable con este sistema económico basado en el "egoísmo de todos" que tiene éxito sólo para unos pocos. Esos sí responden a la caracterización de egoístas.
Naciones Unidas está preocupada: su secretario general ha propuesto gastar 800 millones de dólares más en alimentos para los más miserables, lo que destina sólo Estados Unidos a armamentos en un día y medio. Los productores de armas son tantos como los de alimentos... y el acceso a los alimentos pronto se defenderá sólo con armas.

Tomás Buch
Tecnólogo generalista
Especial para "Río Negro"

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